lunes, 31 de marzo de 2014
Que es GALLO CALAVERA?
domingo, 23 de diciembre de 2012
TODOS LOS 23 DE DICIEMBRE
Galloynegro
martes, 28 de febrero de 2012
¡Eh gato!
viernes, 23 de diciembre de 2011
Rosa de los Vientos
miércoles, 2 de noviembre de 2011
Pensar en imágenes
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| Ilustración de Ed Carosia |
Con la hora encadenada en el bolsillo
Porque Lacaan necesita alguien que lo refute
Necesitas caminar un rato por otras madrugadas,
En cada piazzato
En cada apagón.
domingo, 23 de octubre de 2011
Nada
de lado, tu espalda
de pecho, de nada
de lado, otra vez nada
la áurea luz llama, te llama
de frente tu espalda
de espalda... nada
minutos verdugos
de pecho, de frente
nada, nada
mejor de todo
mejor es todo
hasta que solo queda
nada.
GALLO NEGRO
http://youtu.be/51V1VMkuyx0
lunes, 23 de mayo de 2011
Ver Crecer

Pienso quedarme acá
viendo crecer el árbol.
Quedarme acá
hasta que me llamen “el verde”.
Llegará el niño
con su poesía escolar
loando las ramas.
Y lo marcará el joven
con su primer corazón.
Y lo meará el hombre
Y a sus pies morirá el viejo.
Y cuando sea fuego desearé irme.
Quedarme acá.
viéndolo crecer…
No veré hijos, ni palabras, ni monedas.
Veré crecer el árbol.
Cada tanto lo odiaré
con tantas ganas que querrá huir de mi
Y sus raíces se lo prohibirán
Cada tanto me daré asco
con tantas ganas que querré huir
Y sus raíces me lo prohibirán.
El árbol es mi hermano y mi hermana
Pienso quedarme acá y verlo crecer.
GALLO y NEGRO
lunes, 25 de abril de 2011
La trinidad del mar y la fafafa galopante.

Yo trabajé en una oficina, sí, fría de luz y acolchonada de hits de FM. No usé camisa, ni uniforme, en eso se basaba mi rebeldía hacia el sistema corporativo; eso y mi mutante color de pelo. En cambio Julio, mi compañero de escritorio, brillaba de tan correcto. Camisa, corbata, pantalón de vestir, perfume, gel y hasta algunas veces se animaba suplantar la campera de jean por el saco negro aquel que heredó de su viejo.
El papá de Julio demostró la veracidad que tiene la advertencia que madres, tías y abuelas nos hacen de pequeños: “Hasta tres horas después de comer no podés entrar al agua, es peligroso”. El papá de Julio murió en vacaciones, en una playa brasilera, acalambrado y ahogado mientras intentaba darse un chapuzón inmediatamente después de haber almorzado. Lo ridículo de la situación, contaba Julio sonriendo sin demostrar huellas de congoja, es que su padre se ahogó a pocos metros de la orilla, donde el agua no te llega mas allá de los tobillos. Nadie lo vio caer de boca, estático de dolor e imposibilitado de levantar la cabeza fuera del agua. Murió con la cara enterrada en la arena del Brasil.
Julio era un buen compañero, un tipo de pocas ambiciones y con una capacidad de ahorro nula. En ambas cosas nos parecíamos. Derrochábamos toda nuestra plata entre el almuerzo, la merienda y las visitas a los videojuegos que estaban en la calle peatonal cercana a la oficina. El Doble Dragón era nuestro favorito.
Parecíamos amigos, pero no lo éramos. Éramos compañeros de trabajo, de oficina.
Una vez organizaron una salida entre todos los del trabajo, el motivo fue el festejo del cumpleaños de alguien que yo apenas conocía. Fue extraño verlos a todos en otro lugar que no fuera la oficina… eran como peces de pecera que ahora nadaban en el mar. Fuimos a tomar algo y después a un karaoke que las chicas de administración frecuentaban. Juro que a pesar de pronosticar lo contrario, empecé divirtiéndome mucho. Recuerdo que el flaco Suárez nos sorprendió a todos con su repertorio de Camilo Sesto, se sabía las canciones completas y las cantaba muy bien; Maira (Pegui) cantó y bailó como loca una de Shakira, desafinó un montón, pero se quitó de encima la imagen que tenía de gorda virgen y resentida, ahora era una estrella. Yo, animado por las frutas inundadas de vino que le había comido al clericó, junté cómplices y salté al escenario y cantamos Sin Documentos de Los Rodríguez, lo hicimos con tanta gana y tanta soltura que los encargados del lugar nos enviaron de regalo a la mesa otra jarra de dulce (y venenoso) clericó. Transgredíamos las barreras de la formalidad de todos los días con el leve desenfreno que la situación nos concedía.
- ¡Cantá Julio! – le grité exageradamente, haciéndome el gracioso. Me miró. Su mirada estaba limpia, solo había tomado agua sin gas durante toda la noche. Me sentí mal y bajé el tono de mi voz.
- ¿No tenes ganas de cantar? No importa, es una boludez… ¿Viste Pegui como cantó?...- dije, buscando caer bien con la conversación… él, sin dejar de mirarme hizo un gesto, una sonrisa compasiva creo; mi mirada dilatada no me dejó distinguir bien. Se levantó, me dio dos palmaditas en la espalda y se alejó, hoy también vestía camisa, corbata, pantalón de vestir, perfume y gel; colgada en el respaldo del asiento de su silla descansaba la campera de jean.
Escuché los pasos de Julio cuando subió los tres escaloncitos del escenario, había mil ruidos en el lugar, pero yo pude escuchar esos pasos y también escuché los otros, los que dio para llegar hasta el micrófono… vi como sus ojos se proyectaron hacia la profunda inmensidad de algún lugar, vi eso y también vi los dos rayos de luz que lo atravesaron cuando comenzó a cantar, lo vi brillar… y mientras brillaba, y mientras cantaba, alrededor de él vi el mar… y a las criaturas que nadaban mansamente… Julio dentro de su traje de corales brillantes apenas movía los labios y dejaba escapar su voz; cantaba una de Bowie. Y yo me aprovechaba de aquella imagen que regalaba. El ruido del lugar seguía, intentaba ahogarlo, acalambrarlo y ahogarlo, a él y al mundo que creaba…
Trepé a una mesa, pateé unos vasos, salpiqué y grité:
- Malditos borrachos, estúpidos drogadictos, prostitutas roñosas… ¿Piensan que viven? ¡Zombies decadentes! Vayan a emparchar sus sonrisas manchadas y sus bombachas. ¡Putas! ¡Negros! ¡Carniceros del espíritu! Maricas refugiados en estados embusteros elaborados por ingredientes pendencieros de la voluntad… ¡Señores de pija parada! Observen a la trinidad del mar en escena, es Neptuno, Tritón y Poseidón… observen su gracia, que hoy, manga de hijos e hijas de una gran puta, ha tenido la delicadeza de posarse sobre vuestras estúpidas narices destrozadas. ¡Aprecien la hermosura! ¡Aprecien la pureza! ¡Asnos! ¡Asnos! Dan asco con sus babosos dedos titilantes ¡Escuchen los golpes que surgen desde su interior! ¡Busquen la forma! Mírense, con sus vasos coquetos y sus platillos tibios… Hoy me domina un gran placer, el gran placer de ver sus inútiles desvaríos de grandeza en este ámbito miserable, en este mundo de mala espina… ¡Desángrense! ¡Bestias! Desángrense corriendo detrás de la velocidad del tiempo… ¡Cuánto mas rápidos, mas muertos! Desángrense basuras, mientras la belleza mas natural les pasa suavemente por su lado… - a partir de ahí ya no recuerdo mas nada… caí al piso, o me obligaron a bajar de la mesa de un botellazo, no lo sé.
Desperté en casa. La noche aun estaba en mi cabeza dando puntapiés en mi ojo y en mi sien izquierda. Algo en mí raspaba el fondo. Fui a tomar agua. Encontré en la heladera una nota agarrada a un imán uruguayo que tengo. “Lo de anoche fue hermoso, pero te imaginarás que por obvias razones no podemos divulgarlo en la oficina. Beso mi pececito”. Mi pulgar tapaba la firma del autor de aquella nota. Dudé. Corrí el pulgar. “Mayra (Pegui)” y un corazón remarcado
sábado, 26 de marzo de 2011
Historia Nos
-Voy a escribir nuestra historia- me dijo.
Serge Gainsbourg me había advertido hace mucho tiempo atrás sobre el peligro que representaba una mujer como esta. “¡Es la mujer!” dijo Serge. Estaba borracho cuando lo dijo.
-Toda nuestra historia – dijo ella.
¿Qué historia? Si nosotros solo tenemos algunos momentos; felices pero pequeños, no le podemos llamar a eso historia.
Esta muchacha era obstinada. Sentada frente al escritorio de madera blanca, inundado de la luz que la “champagne” francesa disparaba desde la ventana de aquel adorable cuarto, ella sostenía un lápiz y un par de hojas resuelta a llevar a cabo su deseo.
- No me van a alcanzar estas hojas para escribir nuestra historia – insistía con un ingenuo aire de preocupación. Estaba despeinada (como siempre), sin maquillaje (como siempre), con sus pies y piernas desnudos (como me gustaba verla siempre) y cubierta con esa camisa liviana de hombre, que no era mía, ni de ella, y no quise preguntar de quién.
Se lo iba a decir, iba a aclararle que nosotros no tenemos historia, que dos hojas eran muchísimo mas que demasiado espacio para escribir algo sobre nosotros, que solamente una palabra alcanzaría para describir todo “lo nuestro”… se lo iba a decir, pero al ver su rostro iluminado, explorando con cierta extrañeza las coreografías que las minúsculas partículas de polvo hacían sobre un rayo de sol, decidí callar, decidí dejarla seguir con su plan de escribir lo que ella quisiera. Me senté a los pies de la cama (colchón de plumas) y esperé a que terminara.
Sé de vos
Colchón de pasto
Y de los paisajes paseándose por la ventanilla
Sé de las ganas de abrazarte horas.
De tu boca y la profundidad de tu mirada.
Sé de las gotas saladas de tu espalda.
Y la presión de tus manos.
Sé como se anudan tus piernas
Y como desanudarlas.
Sé de las campanas que resuenan en tu garganta
Y de los chasquidos de los pequeños huesos de tu mandíbula
Sé del peso de tus pasos sobre la madera.
Y de la huella de tu cabeza en la almohada.
Te he visto correr al baño.
Y comer de pie ante la heladera.
He montado el ritmo de tu respiración.
Y he soñado debajo de tu pera dormida.
Sé que hemos logrado pertenecernos
Mínimamente
Eternamente
Se que hemos hecho historia.
Y por eso puedo escribirla.

- Tenías razón – me dijo despertándome del encantador ensueño que ella provocaba.
- Me alcanzó con mucho menos que una hoja – Sonreía, sacudiendo el papel como si fuera un pañuelo.
GALLO NEGRO
sábado, 12 de marzo de 2011
Viejo Sueño

Otra vez el viejo sueño
No le temo
Ni a la fosa
Ni al miedo
No, no le temo al sueño
Me molesta por porfiado
Por el tufo a profecía.
Por la queja herrumbrada.
Me molesta
Por viejo.
Pero no le temo.
Y hay veces que…
En mi viejo sueño
Sueño
Y cuando sueño
Que sueño
Sueño
Con manzanas.
Con ellas.
Sueño.
domingo, 6 de marzo de 2011
La planta movediza
Recostada sobre la base del tronco de un árbol negro estaba la basura de todo un pasillo de gente. Las bolsas ajadas por manos desesperanzadas dejaban ver las porquerías de ciertos hogares. También había un monitor de computadora y los restos de lo que había sido una sillita de bebé (o un andador). A un borde del pequeño basural, abismando en el cordón de la vereda había una planta seca, un matorral de hojas marrones. Las raíces, seguramente ya muertas, estaban cubiertas por la tierra que era contenida por una maceta de plástico blando. ¡La planta se movió!
Al principio creí que el viento fue lo que provocó el movimiento en aquellas ramas esqueléticas, pero viento no había, aseguro que no había nada, nada de viento… ¡la planta volvió a moverse! Lentamente parecía desperezarse. Pensé que podría estar minada de hormigas o gusanos y que de alguna manera mis ojos estaban siendo engañados por el movimiento de estos insectos sobre las ramas; me acerqué para comprobar mi teoría y poder darme cuenta que estaba siendo víctima de un engaño visual, pero nada de eso, a menos de un metro mío la planta continuaba realizando tenues movimientos por si sola. Me acerqué aún más para apreciar el fenómeno. Entiendo que las plantas son seres vivos, pero jamás hubiera pensado que podían ejercer estos movimientos tan… humanos.
La voz primero fue susurro; fue como una leve exhalación cargada de melodías extinguidas, luego tomo forma, luego fue voz y pude oírla. Quise sorprenderme, incluso abrí mis ojos lo más grande que pude e intenté tartamudear un poco y llevarme una mano a la cara, pero no me dejó, comenzó a hablar antes que yo pudiera darme tiempo de nada. Sonaba como una puta vieja y descarriada, de medias de nylon rotas y mucho rojo en la boca y en los dedos, y mucho negro en los ojos y en el corazón, así sonaba el matorral movedizo en cada palabra que escupía.
El tiempo engulle años como caramelos.
El sol es una bola angurrienta que se devora las estrellas cada mañana.
El mar se adueña sin compasión de los caudales de todos los ríos.
La inmensidad, querido mío, la inmensidad es perversa…
Nada está hecho para nosotros, nada está hecho por nosotros. Somos piedras.
La inmensidad es soberbia y embustera…
Nada es tan real como lo que cabe en tu mano.
Mira tus manos. ¿Qué han hecho?
Tus manos te aprisionarán o te darán libertad.
No mires el sol, no mires el mar.
No mires pasar el tiempo.
Mira tus manos, a ellas le preguntas y ellas te responden…
Ama tus manos y ellas sabrán amar.
No entendí nada de lo que dijo. Le prestaba atención simplemente porque era una planta que hablaba.
Cuando calló no supe demasiado que hacer, las opciones eran varias; podría contestarle algo, lo que fuera; podría disimular, hacer como que allí nada había pasado (costumbre muy en práctica en las grandes ciudades), o podría tomar aquel vegetal parlante y llevármelo a casa, ayudarlo a sobrevivir de su inminente destino fatal: el camión recolector y la muerte. Opté por ayudarlo a sobrevivir.
-¿Que haces? – dijo alterada, cuando intenté levantarla.
-Voy a salvarte, te voy a llevar a casa, tengo un lindo patio, te voy a trasplantar, a regar…
-¡No seas idiota! Yo no necesito nada de eso. Solo tenía que decir lo que te dije… nada más. El resto es destino.
-Si te dejo acá vas a terminal mal… te estas muriendo – dije, dándole un tono pesado a las últimas palabras.
-¿Quién no? – preguntó.
No encontré respuesta acertada. Un pequeñísimo animal de patas heladas se desplazó a lo largo de toda mi columna vertebral… mis parpados cerraron hasta la mitad la vidriera de mis ojos y temerosamente enojado y confundido me alejé de aquella planta. No deseaba hablar con ella nunca más. Es bueno que te digan la verdad pero no tan… así. Así no.
Horas mas tarde, andando por otras calles, las que suelo recorrer muchas veces con la sola intención de caminar un rato, me crucé con el bestial (apocalíptico) camión recolector de basura; como siempre iba rodeado de gritos desalmados e infernales luces naranjas. Lo vi pasar a mi lado y sentí pena, pero la callé, callé la pena. Hay cosas que no deberían hablar nunca.
GALLO NEGRO

jueves, 24 de febrero de 2011
Tus Huesos
Gallo Negro
sábado, 12 de febrero de 2011
La mugre de mi terraza
Volví a mi terraza; quedó poblada por el más organizado desorden. Cada uno se había encargado de ensuciar al extremo cada baldosa roja; y ahora el agua de lluvia no hacía otra cosa que colaborar en el armado de aquel basural que reposaba mansamente en la parte mas alta de mi vieja casa.
El código samurai dice que uno debe tomarse y resolver todos los problemas de la vida, por más pequeños que parezcan, como grandes problemas, entonces cuando lleguen los problemas grandes, los verdaderos problemas, uno tendrá el entrenamiento adecuado para enfrentarlos. Ahí estaba yo, bajo la suave pero intermitente lluvia enfrentando este problema: ¿Limpio hoy o mañana? (o mejor dicho dentro de un rato) No sé si era un problema grande o pequeño, tampoco sé cual fue la cuenta matemática que realicé en mi cabeza (si sé que hubo una cuenta matemática), no sé si fue que le hice caso a esa regla samurai, ya que no soy nada parecido a lo que es o fue un samurai, aunque debo confesar que durante mucho tiempo anhelé serlo con mucho ímpetu. Lo que si sé es que resignadamente tomé la escoba, la bolsa más grande que encontré en mi cocina y me dispuse a realizar un mínimo de orden y limpieza en las ruinas de aquella amistosa reunión. Mientras limpiaba pensé que debería haber tenido un perro que se encargara de los restos de comida que rodaban húmedos en el piso. Un perro los hubiera terminado.
Cuando volví por tercera vez a la terraza, con una tercer bolsa, me vi obligado a pensar sobre el carácter dramáticamente mágico que tiene el número tres. ¿Alguien alguna vez notó todas las cosas que ocurren a la cuenta de tres? Esta vez tampoco fue la excepción, en la tercera incursión higiénica en las alturas de mi hogar también ocurrió algo que podría etiquetarlo como “un hecho mágico”; ahí en la terraza, bajo la lluvia, rodeada de plantas, maderas viejas para el asado y el piso enchastrado, estaba sentada, cantando ante un gran piano de cola negro, Nina Simone.
Me encantaría haber escrito: “Estaba sentada, cantando ante un gran piano de cola una hermosísima mujer que repiqueteaba ágilmente sus dedos de algodón negro sobre las extasiadas teclas que envidiaban la tersura de su voz”. Pero preferí ahorrarme todo ese texto poniendo directamente el nombre de aquella semidiosa negra. Agradecí entonces no tener un perro. Un perro quizá la hubiera espantado con sus ladridos.
Nina (o Mrs. Simone) le hizo honor a la magia del número tres; al finalizar el tercer tema cerró la tapa del piano y ya no tocó ni cantó, tampoco me miró, nunca me miró ni me habló ni nada... tan solo me embrujó fatalmente.
El embrujo lógicamente fue realizado en tres etapas; primero fue a través de los mimos que le hacía al piano que en compensación le obsequiaba aquellas notas imposibles, en segunda instancia no había forma de evitar caer embrujado ante la belleza de esa voz de hechicera ancestral que obligaba a no dejarla de escuchar nunca jamás, y danzar, gritar, sangrar o llorar desde las butacas (lo que ella quisiera que hiciera)… pero para asegurarse que el embrujo fuera total, para asegurarse que me condenaría a no escuchar nada mas perfecto y hermoso en mi simple vida, disparó una sencilla carcajada. Irrepetible melodía.
Nadie debería escuchar reír a Nina Simone. Es un hechizo que no se cura. En una de esas… si hubiera tenido un perro y la hubiera espantado…
Ella buscó entre los vasos que yacían muertos en el piso, supongo que algo para tomar, y por mas que no me había mirado ni hablado, por mas que me había embrujado de por vida, me vi obligado a actuar como el caballero que pretendí ser siempre (los códigos de caballeros distan levemente a los códigos samurai, la diferencia es que los caballeros no son tan estrictos y pueden violar cada tanto algunos de sus códigos y hacerse los giles q
ue no pasa nada), fui a la cocina a buscar inmediatamente algo de beber para la dama negra de aquel tablero de cuadros rojos. Por supuesto y como imaginarán, a la cuarta vez que subí las escaleras, allí arriba solo encontré mugre y desorden. El número cuatro goza de otro tipo de magia de la que Nina no quiso ser cómplice. Y allí sin perro, mojado y hechizado para siempre, me tomé el vaso de Caballito Blanco antes de continuar limpiando aquella, mi terraza.sábado, 22 de enero de 2011
The Inmortal Lord
Sobre las calles te vas encontrando. El campo es maravilloso, pero el asfalto es sabio y sabe como despertarte.
Un día pisamos la misma baldosa floja con un viejo... Éste era un viejo, no "una persona mayor", porque hay personas mayores y hay viejos... las personas mayores se quedan guardadas cuando hace frío y les cuentan su desventuras al televisor; los viejos son otra cosa, los distinguís por el olor y porque suelen silbar (Debería aprender a silbar para un día llegar a ser viejo)
El viejo encontraba formas en la mancha que el agua mugrienta de la baldosa había dejado en su botamanga. Caminamos un rato juntos, hasta que me crucé con el pibe aquel; estaba apoyado en un muro de ladrillos y miraba hacia la esquina como esperando a alguien...
- Él no está ahí - me dijo el viejo y siguió calle abajo (silbando por supuesto).
Me quedé viendo al pibe aquel. La gente pasaba, y él, inmutable, seguía con la mirada clavada en el mismo punto sin moverse un poco.
- ¿Estas muerto?- Le pregunté
- ¿Lo estoy? - preguntó.
- ¿Esperas a alguien?- pregunté
- No. – y con la tranquilidad con la que pasan los años en ciertos lugares me contó que el tiempo le había dicho no se cuantas cosas, y que existía una luna rosa (¡baila rosaluna!) y un sitio donde el sol se hunde cuando comienza el día y otra infinidad de ideas y momentos; las palabras salían gota a gota de su boca para que yo las escuchara sin desperdiciar nada... Pasaron varios días y no nos movimos de allí. Yo no hablaba, solo escuchaba (una de las cosas mas difícil de ser gallo es callar y escuchar, pero a veces se puede) Al tiempo hizo silencio y me miró, dándome permiso a que dijera algo...
- ¿Podés repetir todo?- pregunté
- ¿Todo?-
- ¡Si! Desde el principio mi lord.-
Sonrió y comenzó con la primer palabra que había exclamado hace unos días atrás, y otra vez el goteo dulce de su voz transformando las horas en pestañeos. Y al finalizar, el silencio y la espera de mi respuesta...
- Otra vez - le dije
Rió.
- Por favor otra vez, todo, desde el principio -
- ¿Pero no tenes nada que hacer?– preguntó.
Y lo bueno de tener ojos gallos es que te vas viendo con gente que te cuenta, te quiere, te abraza... y te vas apropiando de pensamientos y opiniones de esa gente, son dosis de corazón que te dan ganas de llevar para compartir no mas.
Entonces al pibe aquel que no estaba (pero estaba), al de nombre de golosina y apellido de pirata, le respondí aquello que una vez le retumbó en la sonrisa a un gallo amigo de la zona oeste (también negro).
- ¿Algo para hacer? Está el sol, está el whisky, están los trigales... ¿que voy a hacer yo? Si ya está todo hecho...-
Y nos quedamos con el pibe aquel varios ratos mas disfrutando de todo lo que el sabía decir tan dulcemente.

De este disco Day Is Done




